¿Y si se nos acaba la suerte?

Escribo en el computador que tengo en la cocina. Sí, en la cocina hay una pequeña mesa redonda, de plástico, con dos sillas. Allí puse una especie de "oficina" para no tener que subir al entresuelo (mezzanino), donde tengo mi "oficina" de verdad, cuando me despierto muy temprano en las mañanas (madrugadas), porque las escaleras de madera pueden hacer mucho ruido y despertar a Cristina.

Veo la buhardilla (ventana inclinada) a mi izquierda. Son las 8:15 pm y todavía hay luz. 

Me pregunto, ¿cuánta buena suerte tenemos? ¿Cuándo se nos acabará? ¿Nos volverán a recargar de buena suerte cuando se nos acabe? Son preguntas retóricas, claramente. No creo en la suerte. Y si creyera que tenemos, creería que no es algo que se acaba y que se puede recargar.

A veces me asusto cuando no me ha pasado nada malo en un largo tiempo. Me asalta la incertidumbre. ¿Qué es eso tan terrible que me acecha? ¿Cuándo llegará? Luego me tengo que recordar que el mundo no funciona así. Que la justicia divina de la que me hablaba mi papá no es un concepto científico. Que los humanos simplemente tratamos de encontrarle explicación a todo. Y que estamos llenos de sesgos que refuerzan lo que creemos. 

El universo simplemente existe, simplemente es. No le está haciendo barra a nadie, no tiene preferencia por nada. No le tiene rencor a ninguno. Las cosas simplemente van pasando como consecuencia de otras, aunque no las veamos, aunque no las sintamos, aunque no las entendamos. Cosas que no están bajo nuestro control.

La salud es algo raro. Alguna vez escuché que es como el aire. Nunca pensamos en el aire hasta que nos hace falta. Lo mismo pasa con la salud. Es rara porque podemos controlar algunas cosas, pero a la vez venimos con otras de fábrica. Por defecto. Y no sabemos si van a aparecer, o cuándo.

Algo en lo que me gusta pensar es en el tiempo. Si uno tiene muchas cosas, el tiempo se va manteniéndolas, cuidándolas. Es decir, cuidar cuesta. Mantener cuesta. Entre más grande es una casa, más cuesta tenerla limpia, ordenada, en buen estado. Entre más lujoso el carro, más caros los repuestos. Pero pocas veces nos ponemos a pensar que podemos considerar el cuerpo como la casa y la máquina más valiosa que tenemos. Aquella con la que tendremos que viajar, literalmente, toda la vida (al menos hasta que se inventen algo que reemplace el cuerpo y a donde podamos transferir la mente). Mi papá me decía: cuida tu cuerpo. Con el paso de los años lo voy entendiendo más y más. Cada cosa que como, cada repetición de gimnasio que hago, que hora que duermo, van tomando más importancia. Cuidar el cuerpo cuesta, y cuesta mucho. Creo que aún me falta entender cuánto, y me falta mejorar en cuidarlo todavía más. 

Y cuando la suerte de alguien cercano a ti se empieza a acabar, y ves como su salud se va deteriorando, a veces sin remedio, la realidad de la finitud se vuelve palpable. Hay que estar preparado, todos los días, para el fin. Cada pequeño final que vivimos a lo largo de nuestra vida debería ir preparándonos para el final definitivo. Aunque creo que es algo realmente difícil de lograr. Al principio somos muy pequeños y no entendemos. Terminar el jardín, terminar la primaria, terminar el colegio. De pronto empezamos a entender un poco más que terminar algo significa dejar de ver a algunas personas, a veces para siempre. Y luego, en algún punto, dejamos de querer terminar las cosas. Ya no queremos llegar al final. Queremos sólo disfrutar, estar presentes. Creo que llegar a este punto le toma mucho tiempo a muchas personas. Tal vez cuando ya son ancianos. Tal vez nunca. Lo digo porque las conversaciones habituales que me rodean siempre están hablando del fin de semana, de las próximas vacaciones, del final del momento presente para imaginar ese soñado futuro que promete felicidad. Siempre pensando en lo que vendrá, en el final del ahora. 

¿Pero y qué pasará cuando no haya futuro? Cuando no haya próximo fin de semana. Cuando no haya próximas vacaciones. Estoy seguro de que en ese momento el control que tengamos sobre nuestra mente marcará la diferencia.

Un saludo a ti, Carlos. No te conocí mucho, no compartimos muchos momentos, pero siempre tuviste un corazón gentil conmigo. A tu familia le haces falta; le harás falta por siempre. Así como siempre me hará falta mi papá.

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