Cuarto de niño


Ese universo que todos teníamos. Y que no entiendo por qué muchos no mantienen.

Recuerdo cuando iba a la casa de mis amigos del colegio, sobre todo en primaria. A la casa de Daniel Durán, de Daniel Henao, de Daniel Toro. Podía ser que fuera a hacer tareas, o simplemente a jugar. Por la mañana en el colegio alguno me decía, o yo les decía algo como “¿Hacemos tareas hoy en su casa?”, o “¿Jugamos hoy en su casa?”, y listo, quedaba armado el plan.

No recuerdo bien si Amparo o Mary Luz me llevaban en taxi y luego se devolvían para la casa, o incluso creo que alguna vez la mamá de Henao o de Durán me recogieron en mi casa y me llevaron. De verdad que no recuerdo, y que maravilloso es que hubieran hecho esto. Sacar tiempo para recoger al amigo de tu hijo. Qué gran gesto.

Y entonces yo llegaba a la casa de ellos, y si no había que estudiar (o si ya habíamos terminado), entonces recuerdo perfectamente que me causaba mucha curiosidad todo lo que tenían en su cuarto. Porque entrar a su cuarto era como entrar a su universo, donde tenían sus más grandes tesoros, sus juguetes más queridos, sus legos, sus muñecos, sus dibujos, rompecabezas, en fin, todo lo que le da sentido a la mente y a la vida de un niño.

A principios de los 2000, finalizando primaria, nos sentábamos a jugar en el computador, o en el Play, o en el Xbox. Sobre todo con Daniel Durán jugué mucho en su computador. Creo que fue él quien me introdujo a Flight Simulator, Age of Empires, ZooTycoon o RollerCoaster. A mi en realidad no me interesaba mucho tomar el mando con el mouse o con el teclado, me gustaba era ver lo que él hacía, porque era muy bueno, o tal vez nos dividíamos y él controlaba desde las teclas y yo con el puntero, o viceversa. Y entonces luego la mamá de Daniel, Gloria, nos llamaba al comedor y encontrábamos en la mesa algún pan con chocolate, o arepa, o alguna cosa así, sencilla pero deliciosa, y nos preguntaba cosas, del colegio, de la familia, y a veces había tiempo para volver a jugar otro rato antes de que mi papá o mi mamá me recogieran en el carro. Siempre me recogían ya de noche, y la tarde o el día de diversión llegaban a su fin, y creo que yo siempre quedaba con la sensación de que quería seguir jugando. Supongo que todos los niños quedan con esa sensación. Y en realidad el paso del tiempo no nos la quita, simplemente la desplaza hacia otras actividades, o aprendemos a manejarla.

Sobre todo Daniel Durán tenía muchos juguetes, pero no juguetes cualesquiera. Juguetes muy buenos, bonitos, complejos y caros. Legos de máquinas, de carros, de naves, o autos miniatura. Le fascinaba ese mundo, sabía muchos detalles de ellos. Creo que tiene que ver con que su papá trabajaba en el negocio de las motos, así que seguramente le inculcó a su hijo ese mismo gusto, voluntariamente o no.

¿Qué pasa con ese universo con el paso de los años? ¿Por qué desaparece en muchos casos? ¿A dónde se va? ¿Qué lo reemplaza? A mí me sigue gustando darle cierto toque personal a mi cuarto, sobre todo con libros. Pero puede ser también con una lámpara con cierto diseño, o con posters, o dibujos, o una planta, mi piano, o mis hobbies de electrónica, en fin, con algo pasajero o atemporal que me guste. Pero no me gusta ver mi cuarto como un espacio estándar, con decoración fría de revista.

Ojalá pudiera volver a esos cuartos que tuve. Tuve varios, dependiendo de la época y de la casa. Ojalá pudiera volver y verlos, y recordar eso que me gustaba hacer, leer, soñar, imaginarme. Verme allí, en mi universo.

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