EL DIARIO
Carla amaba su diario. No siempre escribía en él, pero
al menos le gustaba abrirlo, hojearlo y olerlo. Eso sí, aunque no supiera si
iba o no a escribir algo, siempre tomaba un lapicero entre sus dedos,
preparándose en caso de que algún pensamiento saltara repentinamente desde su
cabeza.
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Foto de Kyle Glenn en Unsplash |
En él plasmó los sentimientos de
alegría cuando se graduó de la universidad, de tristeza cuando se alejó de
quién pensaba era su mejor amiga, de decepción cuando se alejó del muchacho de
quién pensó era el amor de su vida, de orgullo cuando su hermana mayor ganó el
concurso de baile, y de sorpresa cuando se enteró de que se iban a mudar de
ciudad.
Cada año, desde que tenía 8, iba
a la misma librería de siempre, a dos cuadras de su casa, a buscar un cuaderno,
de hojas blancas y pasta dura, que le sirviera de confidente durante 12 meses.
No le gustaba que su mamá o su papá se enteraran de que tenía un diario, así
que no les pedía dinero sino que ahorraba durante los últimos dos meses de cada
año para poder comprar la que se había convertido en su más preciada
pertenencia.
Muchos días sentía ansiedad por
llegar a su casa y escribir lo que había visto, sentido o escuchado mientras
estaba fuera. Muchas veces no quería salir de su cuarto solo por seguir
escribiendo. Se preguntaba si a alguien le interesaría leer lo que ponía allí,
si a su hermana le gustaría leerlo, o qué cara harían sus padres al saber lo
que pensaba de las personas, o incluso de ellos mismos.
Había días en los que escribía
varias páginas, y había ocasiones en las que pasaban días enteros sin que
plasmara nada nuevo. Cuando se iba acercando a las últimas páginas, hacía
cuentas de cuántos días le quedaban al año, porque tenía una regla, y era que
no podía tener más de un diario por año. Ahora tenía 22 años, y 14 diarios. Con
el paso del tiempo había aprendido a administrar mejor la cantidad de hojas de
los cuadernos, y también había comenzado a comprar los que tenían más hojas.
Finalmente había llegado el día
de la mudanza. La verdad no sentía ninguna pena por dejar esa pequeña ciudad,
pues sus pocos amigos de la universidad ya se habían ido también, y no
conservaba ninguna verdadera amistad del colegio. Se había sentido sorprendida
porque sus padres sí tenían una vida allí, habían pasado décadas en las mismas
cuadras, con los mismos vecinos, y habían logrado establecer su negocio
familiar de postres. Sin embargo, ahora que sus hijas habían terminado la
universidad, y ellos habían logrado pensionarse, decidieron que querían dar un
giro completo a sus vidas, y habían comprado una casa a las afueras de un
pequeño pueblo, en donde podrían cultivar algunas frutas y vegetales, leer
cuanto quisieran, en incluso pescar o navegar en un lago cercano.
Cuando le preguntaron si quería
mudarse con ellos o si quería irse a vivir con su hermana a la gran ciudad, ella
vio la oportunidad que tanto estaba esperando: les dijo que se iba con ellos, y
que iba a tomarse un tiempo para pensar lo que quería hacer con su vida. Pero
en realidad ya lo había decidido: iba a convertirse en escritora.
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