De tíos y primos
No recuerdo cuándo fue la última vez que mi a mi primo Ricardo. Tuvo que haber sido alrededor del 2011, o algo así. Es decir, hace más de 10 años que no lo veo. A veces me escribe, a veces le escribo. Pero me parece algo muy raro teniendo en cuenta que de pequeños éramos muy unidos. Me gustaba pasar tiempo con él, me gustaba cuando iba de vacaciones a Pereira, anhelaba que fuera de vacaciones a Pereira, aunque en muchas ocasiones me hiciera bromas pesadas, y se burlara o se aprovechara de mí (como hacen los niños pequeños).
Si no estoy mal, Ricardo fue quien me enseñó que existía algo llamado Pokemón, me enseñó muchos trucos de Mario, me hizo fanático del América de Cali (simplemente porque quería ser mi rival ya que a él le gustaba el Atlético Nacional) y me hizo escuchar por primera vez el Ska. Casi siempre iba a Pereira mitad o a final de año. Llegaba desde Bogotá de forma inesperada, al menos para mí. Yo casi nunca sabía cuando llegaba ni cuándo se iba. Simplemente algún día que iba de visita a donde mis abuelitos, que era casi todos los días en la noche, me lo encontraba en el apartamento de ellos. O me lo encontraba el fin de semana en la finca. Y entonces empezábamos a jugar, a montar en bicicleta, a jugar fútbol, o a meternos a la piscina.
Fue en al menos uno de sus finales de año, creería yo que alrededor del 2001, que estuvimos muchas horas en su cuarto del segundo piso de la finca, hablando y escuchando (nueva) música (al menos para mí). Recuerdo que esa vez conocí a Blink182, Avril Lavigne y Ska-P, todas en cassete, en su Walkman. En esa época la finca tenía 2 pisos, y en cada piso había cuartos asignados de alguna manera (que nunca supe) y desde algún momento para cada uno de los hijos de mis abuelos con sus respectivas familias. Entonces recuerdo que en el primer piso estaba la alcoba de mis abuelitos, el cuarto de mi familia (un cuarto bastante pequeño para 4 personas, diría yo), y el cuarto de mi tio Numa, aunque casi nunca estaba ocupado porque mi tio Numa se radicó en Colombia como en el 2005, así que antes de eso tal vez lo vi únicamente un par de veces, y mis primos Dora Magola y Numa Rafael (hijos de mi tío Numa) iban poco también. En el piso de arriba estaban los cuartos de mi tía Amparo, de mi tía Magola y por supuesto, de mi tía Esperanza, la mamá de Ricardo.
Fue en ese cuarto que al menos una vez nos acostamos a hablar y a escuchar música en el Walkman de Ricardo, aparatico que me gustaba mucho. Subíamos cuando ya estaba oscureciendo, no prendíamos ninguna luz, y nos acostábamos a hablar y a escuchar su Walkman. Recuerdo que su cuarto, así como todos los de la finca, me parecían especies de tesoros por descubrir, llenos de cajones y objetos que parecía que llevaban años sin usarse, sin sacarse, con un olor a veces particular, a veces como a guardado, como a viejo, pero pocas veces desagradable. Me acuerdo que podía identificar el cuarto de Ricardo, y de todos mis tíos, sólo por su olor característico.
¿Por qué hace tanto tiempo que no veo a Ricardo? Es una pregunta que me hago con frecuencia. Hasta donde entiendo, se fue del país acompañando a una novia a estudiar en Argentina. Y antes de eso ya había hecho varios viajes por Latinoamérica, en modo aventurero. Pero en ninguna de esas ocasiones supe de antemano, creo, que se iba por tanto tiempo, ni por cuál motivo. Simplemente algún día que me veía con mis primos Mauricio y David, hermanos de Ricardo, me decían que no estaba en Colombia.
Ricardo me contaba sus aventuras en Bogotá. Yo, como casi siempre a lo largo de mi vida, me lo creía todo, aunque luego me daba cuenta de que seguramente algunas cosas estaban un poco (o muy) tergiversadas, por cierta tendencia de mi primo a decir mentirillas cuando estaba pequeño. Mi vida en Pereira era, desde mi perspectiva, muy conservadora. No salía a la calle, iba a muchas clases y actividades extra aparte del colegio, no tenía muchos amigos, sólo los del colegio, y el único lugar donde montaba bicicleta era en la finca. Yo veía a Ricardo como un héroe. Yo quería ser como él, hacer lo que él hacía, tener esas mismas aventuras. Me lo imaginaba montando bicicleta y patineta por las calles de esa ciudad llamada Bogotá, que apenas si había visitado un par de veces, cuyo frío recordaba y que me hacía pensar en series de televisión.
Me imaginaba a Ricardo montando en bicicleta con su grupo de amigos en medio del conjunto cerrado en el que vivía, el Centro Nariño, un lugar que me gustaba mucho y me hacía pensar en escenas de Padres e Hijos. Me lo imaginaba caminando por las calles con su grupo de amigos, vestido como los estudiantes de las series gringas, con una chaqueta entre roja y blanca, o en el colegio causando problemas y peleando con otros.
Creo que con él pasó algo que me ha pasado con muchas personas a lo largo de mi vida. Y es que cuando llega el momento de conocernos de verdad, de hacerlos las preguntas importantes, ya no estamos lo suficientemente cerca, o simplemente ya no estamos. Creo que lo que me pasó con él me pasó con mi papá, con mi hermano, y con algunos quienes fueron amigos en la Universidad. Y es una lástima, porque de verdad que me hubiera gustado, o en algunos casos todavía puedo decir me gustaría, conocer más acerca de su vida, qué quieren hacer, cómo lo quieren hacer, qué les gusta hacer, qué piensan de algunos temas. Pero tal vez repelo a las personas, o tal vez no he aprendido a coincidir con ellas en su estado vital. Es decir, cuando yo quiero hablar con ellas, ellas están ocupadas, y cuando ellas quieren hablar conmigo, yo estoy ocupado. Tal vez ellos intentaron establecer alguna vez una relación más profunda conmigo, y yo no les presté atención.
Sea como sea, con Ricardo pasé grandes momentos emocionantes cuando estábamos pequeños, tuvimos nuestras pequeñas grandes aventuras en la finca, en mi casa, en el apartamento de mis abuelitos, en la camioneta de mis abuelitos, y en muchos otros sitios a los que fuimos juntos.
Con mi primo Numma Rafael me pasaba algo parecido, con la fortuna de que a él sí lo sigo viendo con frecuencia. Ahora que lo pienso, es como si ellos dos, mis primos Numma Rafael y Ricardo, hubieran intercambiado papeles con el paso del tiempo. El que siempre estaba presente, ahora no lo está, y el que apenas veía de vez en cuando, ahora vive en Pereira.
A Numma Rafael también lo admiraba, aunque de forma un poco diferente. Es un año mayor que Ricardo, así que es 5 años mayor que yo. Iba a Pereira muy poco, y el primer recuerdo nítido que tengo de su presencia es del 2001, cuando él y Dora Magola, su hermana y mi prima, se quedaron alrededor de un mes viviendo con nosotros en la casa de Venecia, la primera casa donde viví. Tal vez mi tío Numma también se quedó con nosotros parte de ese tiempo.
A Numma Rafael lo admiraba principalmente por dos cosas: por su físico y por su actitud. Por su físico, porque me parecía que lo habían sacado de una serie de televisión, me parecía un actor, muy apuesto, rubio y muy blanco. Y por su actitud, porque a diferencia de Ricardo que era retador, Numma Rafael me parecía valiente. Claro, con el paso del tiempo he entendido en parte por qué cada uno tenía esas personalidades, y por qué yo tenía la mía.
Con Numma Rafael conocí Friends, Celebrity DeatchMatch, aprendí a ver series en inglés, me acompañó a jugar tenis en el colegio, me ayudó con algunas tareas de informática, jugábamos en la casa por las tardes, y llegó un punto en el que quería que no se fuera. Era como un hermano mayor.
A diferencia de lo que pasó con Ricardo, con el paso del tiempo me fui haciendo más y más cercano a Numma Rafael. Después de esa visita en el 2001, creo que volvió como en el 2003, y después sus visitas se hicieron más frecuentes hasta que como en el año 2014 o 2015 se radicó completamente en Pereira. Para ese entonces yo ya vivía en Bogotá, pero cada vez que iba para Pereira me veía con él. Incluso me ayudó con bastantes actividades de Kóndoro (mi empresa de impresión 3D), actividades que requerían de tiempo, energía y dedicación.
Ahora voy entendiendo a mi tía Amparo.
A mi tía Amparo la quiero mucho, así alguna vez el haya intentado clavar un tenedor mientras estábamos almorzando en la finca. No recuerdo qué me hizo (alguna broma), pero no debí haber hecho eso. Creo que en general quiero por igual a todos mis tíos, no hay mucha diferencia en el afecto que les tengo a cada uno de ellos (maternos y paternos).
Con mi tía Amparo he podido compartir algo más de tiempo que con los demás, porque por ejemplo me iba con mi hermano o con Ricardo algunos días de vacaciones para Armenia, donde mi tía nos acolitaba prácticamente todos nuestros deseos: comíamos pizza, veíamos películas hasta tarde, íbamos a parques, dormíamos hasta tarde, etc.
Así que guardo grandes recuerdos con ella.
Y digo que la voy entendiendo un poco más porque ella, al igual que muchas otras de mis tías y personas de mi familia, lloran a final de año. Creo que cuando uno está pequeño, en general, aún no tienen la suficiente carga emocional, experiencia, remordimientos, culpas y recuerdos como para sentirse triste a final de año. Uno simplemente quiere jugar, volver a entrar al colegio (no siempre), comer, ver televisión y cosas por el estilo.
Así que cuando esa vez la vi llorar a las doce de la noche del 31 de diciembre, me pregunté, "¿por qué?". Creo que ya había visto una escena similar antes, pero también creo que nunca me había preguntado la razón.
Sin embargo, ahora, luego de no sé cuántos años, tal vez 20, creo que la voy entendiendo. Posiblemente mi tía, y todas mis otras tías y tíos, y todas las personas, lloran a final de año porque se dan cuenta de que el tiempo se está acabando, de que las cosas buenas pasan y no vuelven, porque muchos ya quedaron únicamente en el recuerdo y no en la realidad. Nos damos cuenta de que cada vez estamos más lejos del inicio y más cerca del final, más lejos de esos momentos de infancia y más cerca de esos momentos de vejez.
Desde hace muchos años no me gusta celebrar navidad ni nada relacionado con el fin de año, porque para mí no tienen sentido y porque me gusta estar alineado entre lo que pienso, digo y hago. Pero sí he comenzado a notar que cada vez siento más esa presión en el pecho cuando el año va llegando a su final.
Los recuerdos vienen, casi siempre los mismos, y me hacen anhelar estar ahí en lugar de acá.
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