¿Será enfoque?

No encontrar de qué hablar al almuerzo.

Qué sensación tan maluca.

Hace rato que realmente no disfruto mucho almorzar junto con mis compañeros de trabajo.

He pensado bastante por qué. 

Creo que tiene que ver con varios factores:

1. La cultura juega un papel importante. El hecho de que sean de otros países y hablen otros idiomas implica que tienen otros gustos. Si hablan en otro idioma, pierdo rápidamente el interés, porque me toca esforzarme por entender y por comunicarme. Y generalmente hablan de cosas que no conozco, no son de mi interés o no me gustan.

2. No sé qué preguntarles, y no sé qué contarles. Pareciera que mis gustos están completamente apartados de sus universos. A mi no me interesa hablar sobre el clima, lo que hicieron el fin de semana o sobre la última fiesta a la que asistieron. A mí me gustaría preguntarles por alguna canción nueva que hayan descubierto, la última película que se vieron, el libro que se están leyendo, las noticias que leyeron en la mañana, la historia de su familia, o los retos que tienen en sus proyectos.

Esto me hace reevaluar muchas verdades que tenía sobre mí, sobre mi carácter. Sobre la vida en general. Si prefiero almorzar solo, ¿tendré algo mal en la cabeza? ¿Me estaré convirtiendo en algo de lo que después me arrepentiré? ¿Por qué todos los demás pareciera que disfrutan de ese espacio, y pareciera que se adaptaron a él? ¿Entonces no soy buen conversador? ¿No me gusta la gente?

He concluido que mi batería de interacción social es bastante corta. Como de hora y media, como máximo, en un buen día. Después de eso ya no sé qué decir, sólo quiero estar en silencio, haciendo mis cosas. Puedo estar con alguien, pero ojalá ese alguien también tenga cosas que hacer por su cuenta, porque conmigo ya no va a poder contar de a mucho.

Me he dado cuenta que hablar, comunicar, requiere de bastante energía. Y durante esos almuerzos, y muchos otros momentos de la vida en sociedad, se dicen muchas palabras innecesarias. Solo por llenar el silencio. Se pierde energía. Se repite una y otra vez lo mismo.

Es como si yo ahora estuviera buscando la quietud, el silencio. Interactuar lo mínimo necesario, sólo cuando es imprescindible. Prefiero estar conmigo mismo, con mi silencio y mi mente, ojalá en silencio. Así no esté haciendo nada, sólo mirando el cielo, el techo, incluso estoy prefiriendo ya no escuchar tanta música, para poder escuchar la nada, para poder concentrarme en el vacío.

Eso está relacionado también, creo, con que quiero hacer cada vez menos cosas. Como que por fin estoy eligiendo bien en qué usar mi energía. Empezar poco, para poder acabarlo bien. La transición está siendo dura. Tengo un montón de cosas pendientes, ya empezadas, y quiero finalizarlas para poder quedarme con lo que realmente me interesa. Y cuando digo que tengo muchas cosas, son en realidad pendejadas, ataduras autoimpuestas, libros por leer, cuadernos por repasar, escritos por escribir, videos por ver. Cosas así. 

¿Será enfoque? Me pregunto. También estoy durmiendo más, lo cual me alegra, porque pasé muchos meses durmiendo poco, tal vez a raíz del estrés. Pero también significa que hago menos. Sin embargo, como ya dije, me interesa hacer menos, pero que sea lo esencial, para hacerlo bien.

 

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