El terremoto. Errar es humano; rectificar es de sabios
Si creyera en los dioses, diría que ese terremoto fue un castigo. Un castigo por haber votado por el canalla que está de presidente. Como no creo en dioses, pues esa idea sólo es, para mi, fantasía. Ahora me pregunto, ¿qué más necesitan aquellos que lo apoyaron para darse cuenta de su error? Ya nada se puede hacer, el tipo supuestamente fue elegido (ese conteo de votos, como siempre, estuvo plagado de inconsistencias) y ya fue nombrado, pero esas personas que votaron por él pueden comenzar a reconocer y a decir a viva voz que se equivocaron. Y no, no es para 'unirse al otro bando'. Esto no se trata de bandos, ni yo creo en bandos. Tampoco se trata de humillaciones y de echarles en cara que fue necesario un terremoto para que se dieran cuenta, finalmente, de la clase de persona por la que votaron. Se trata de que, al reconocer su error, comiencen a exigir respuestas, soluciones, mejoras, progreso para el país, para TODOS, para TODAS las regiones, y más ahora con esta catástrofe. Y comiencen también a cambiar esa estructura mental en la que los tienen atrapados, gobernada por etiquetas como 'guerrillero', 'zurdo', 'terrorista' y 'comunismo'. Si algunas personas comienzan a reconocer que hubiera sido mejor votar por el otro candidato, seguramente más personas lo harán, e iremos construyendo un país preparado para aguantar los terribles 4 años que se avecinan bajo el mandato de este tipejo, y a su vez, preparados para votar correctamente en las próximas elecciones.
No me quiero imaginar el sentimiento de alguien que, habiendo votado por ese tipo, haya visto como las esperanzas de encontrar con vida, bajos los escombros, a sus familiares, se fueron reduciendo poco a poco debido a que no se permitió la entrada de ayuda internacional en el momento preciso. SÍ hicieron falta rescatistas, SÍ hizo falta maquinaria, SÍ hizo falta el conocimiento de expertos en este tipo de situaciones, SI hacen falta medicamentes, alimentos y elementos de primera necesidad en muchas zonas del país que no son grandes ni reconocidas ciudades, sino pequeños pueblos a donde es incluso difícil llegar en circunstancias normales.
Vuelvo y me pregunto. ¿Qué más pruebas necesitan?
Me parece un poco inverosímil que apenas un par de semanas después de haber terminado de ver la serie Cada minuto cuenta, esté viendo en tiempo real y en mi propio país lo que la serie narra que sucedió hace más de 40 años durante el terremoto en Ciudad de México. Septiembre 19 de 1985. Un terremoto devastador. Faltaba un año para el mundial, ese del que Colombia iba a ser sede, pero que finalmente tuvo que rechazar por múltiples problemas. Como a México le había costado tanto conseguir ser el anfitrión, no quería mostrarse como un país en ruinas después del terremoto, así que durante las primeras horas ocultaron la magnitud del desastre (al menos eso ya es más difícil ahora gracias al internet y a las redes sociales), no pidieron ni aceptaron ayuda internacional, y luego impidieron continuar con las misiones de búsqueda y rescate, con el fin de levantar rápidamente los escombros y comenzar la reconstrucción del país que iba a celebrar el 'torneo más importante del fútbol'.
Todo eso que acabo de describir, y más y peor, sucedió la semana pasada en Colombia y sigue sucediendo. Políticos que se apropian de las ayudas que envían las personas. Ayudas que son entregadas dependiendo de la afinidad política del afectado. Donaciones que no llegan a los destinos más alejados. Donaciones que son robadas. Voluntarios que son multados por llevar camiones con sobrepeso. Políticos completamente desconectados de la realidad, yéndose de paseo durante el fin de semana, o haciendo declaraciones absurdas.
Imagínate, si te atreves, lo siguiente. Vives en una ciudad diferente a la de tu familia. Estás tal vez desayunando, y de pronto sientes que el edificio se bambolea como una una tira de caucho alargada. Se caen las copas que tienes guardadas para ocasiones especiales. Se caen vasos, platos, se agrietan las paredes. Pareciera que el edificio ruge. Intentas actuar con calma, coges las llaves y comienzas a bajar por las escaleras. Logras salir del edificio y el terremoto se detiene. Tus vecinos también han salido, en pijama, en toalla de baño, descalzos, asustados, llorando, pero no hay heridos, no se ven casas derrumbadas en tu cuadra, sólo daños superficiales. Entonces sacas el celular y comienzas a buscar noticias sobre el terremoto, a ver si fue sólo en tu ciudad, o hay más zonas afectadas, y descubres que el epicentro de hecho fue más cerca a la ciudad de tu familia que a donde tu vives. Piensas en tu mamá y en tu hermano. Ellos viven en tu ciudad de origen. Llamas a tu hermano, está bien, asustado pero bien. Llamas a tu mamá, pero no responde. Tu hermano te dijo que ya iba en camino para la casa de ella. Le dices que bueno, que esperas un rato. Recibes la llamada de él, llorando. No hay edificio, se cayó, nadie da razón de tu mamá, los vecinos no saben dónde puede estar. El peor escenario llega a tu mente. Le dices a tu hermano que vas para la terminal de buses, que llegas en 4 horas. 4 terribles horas. 4 horas viendo cómo otras personas están en la misma situación que tú, o llorando mientras hablan por teléfono, o completamente desconectadas de la situación, viviendo sus vidas cotidianas, sin entender qué está sucediendo. 4 horas en las que no quieres pensar en tu mamá, o sí, pero no en lo que pudo haberle pasado, y tampoco puedes dormir, no te puedes concentrar en nada más. Es un viaje horrible.
Para quien alguna vez fue mi buen amigo, Daniel, y a su mamá, Gloria, quien con tanto cariño nos cuidó y nos trató amablemente cuando estábamos pequeños, recibiéndome en su casa para jugar con Daniel, para hacer tareas, ofreciéndome muchísimas veces una deliciosa arepa con chocolate, un pan. Para ellos dos, todo mi cariño.
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