Salvador condenando a la humanidad
- ¿Será que salgo o no? – Se preguntaba Salvador cada 5 minutos mirando su reloj de muñeca. Impaciente movía su pierna derecha mientras permanecía sentado en una silla, observando el único objeto presente en la habitación: un botón rojo, dentro de una urna de cristal con llave. Todo su entorno, 3 pisos bajo tierra, era completamente blanco.
-
Si no
salgo hoy, ya no tendré oportunidad de ver el cometa – pensaba el Vigilante,
tal como era llamada oficial y legalmente su función. Su tarea: mirar el botón
y estar pendiente de una llamada. Si escuchaba las palabras correctas, Salvador
tenía que abrir la urna y presionar el botón. No tenía que hacer nada más. La
llamada podía llegar en cualquier momento, cualquier día a cualquier hora. Él
no sabía quién estaba al otro lado. Podía contestar, pero no podía hacer
llamadas.
Salvador pasaba sus 8 horas de turno dando vueltas por la habitación, desde
las 6 de la mañana hasta las 2 de la tarde, sentándose, poniéndose de pie,
imaginando historias, cantando, recordando memorias, hasta que lo vencía el
aburrimiento. No llevaba con él más que su reloj y el teléfono del trabajo,
pues no podía ingresar con él nada más, todo lo tenía que dejar arriba en su
casillero, y siempre mantenía el teléfono en la mano derecha, listo para
contestar. No podía quedarse dormido, no podía decir en voz alta lo que
pensaba, siempre lo estaban monitoreando.
-
Creo
que si corro por el túnel, subo, salgo, veo el cometa por 15 segundos, y
regreso nuevamente corriendo, el sistema va a catalogar mi comportamiento como
una ida normal al baño y no va a detectar que he salido del búnker – seguía
pensando Salvador.
Quedaban 10 minutos para que el eclipse solar comenzara, y entonces iniciaría
la ventana de aproximadamente 2 horas para ver el cometa. La mejor oportunidad
sería después de pasada 1 hora, cuando el eclipse llegara a su fase Total, la
cual duraría apenas 2 o 3 minutos. Si Salvador quería ver el cometa en su
máximo esplendor, tenía que salir del búnker justo antes de que iniciara esa
fase.
-
Creo
que es mejor no salir corriendo, detectarían que mi pulso está más alto de lo
normal, y se darían cuenta de que no he ido al baño – pensó Salvador mirando el
dispositivo que tenía insertado en la parte interna de la muñeca izquierda.
Desde hacía décadas, cuando los humanos habían comenzado a dejar de
identificarse con naciones y estas habían sido reemplazado por empresas, a cada
nuevo recién nacido le insertaban un chip en su muñeca izquierda, el cual se
encargaba de monitorear sus signos vitales a lo largo de su vida y de enviar
esta información a su ‘empresa madre’ para que hiciera un seguimiento de su
salud, de su rendimiento, y así pudiera asignarle un rol más adelante en su vida.
Salvador seguía haciendo sus cálculos, y llegó a la siguiente conclusión: como
la fase total del eclipse sucedería a las 11:37:25 AM, tendría que salir de su
‘oficina’ al menos 10 minutos antes para estar en la superficie justo en ese
instante, pues se tardaba alrededor de 5 minutos recorriendo el túnel principal
de su nivel, tomar el ascensor, y después otros 5 minutos adicionales para
salir del edificio y poder ver el cielo. En ese instante, podría ver el cometa.
Lo observaría durante unos 15 segundos, y luego emprendería el camino de
vuelta. Eso representaba unos 20 minutos por fuera de su puesto de trabajo,
pero esperaba que no representara mucho problema. Si le preguntaban, diría que
había cenado bastante la noche anterior.
Para resolver sus dudas, Salvador se decía que no habría otra oportunidad
de ver este cometa en los próximos 235 años, y tampoco habría otro eclipse
total que se pudiera ver completo desde donde él vivía durante lo que quedaba
de siglo. El cometa, aunque suficientemente brillante como para verse durante
el día sin la necesidad de eclipse solar, sólo podría verse claramente con el
sol oculto; además, era una excelente oportunidad para salir del edificio:
normalmente nadie podía salir de sus casas o lugares de trabajo durante el día,
pues el calor y la radiación eran tan altas que apenas unos minutos de
exposición podían resultar mortales. De noche, el cometa tampoco se podía ver
bien debido a la enorme cantidad de satélites artificiales orbitando la Tierra,
y además las empresas madre consideraban inútil y un poco peligroso el estudio
del espacio por parte de humanos, pues ya todos los resultados de los
telescopios eran analizados únicamente por máquinas; en general, a la élite
mundial le interesaba que nadie aprendiera mucho o tuviera curiosidad por la
ciencia, porque podía ser peligroso. Levantar la cabeza hacia el cielo, salir
de las pantallas y hacerse preguntas, podía ser considerado una amenaza
corporativa.
Llegó el momento indicado y Salvador salió de su oficina con una actitud
normal. Caminó un poco más rápido de lo usual por el corredor, llegó hasta el
ascensor, presionó el botón para subir, esperó, el ascensor llegó, abrió sus
puertas, Salvador subió, las puertas cerraron, esperó unos segundos, luego las
puertas se abrieron, Salvador caminó un buen trecho a lo largo del monstruoso
edificio hasta que vio la puerta principal, salió y miró hacia el oscuro cielo:
allí estaba, el cometa, majestuoso, brillante, con su cola de fuego y sus
múltiples colores dando destellos en todas direcciones.
En ese momento sucedió lo impensable: el teléfono sonó. Salvador, asustado,
contestó, y una voz pronunció las palabras requeridas. Salvador sabía que tenía
únicamente un minuto para presionar el botón. Comenzó a correr, pero incluso antes
de que llegara al ascensor, supo que era demasiado tarde. Las alarmas de todo
el edificio comenzaron a sonar. El fin de la humanidad había iniciado. Salvador
no había presionado uno de los 10 botones repartidos por todo el mundo encargados
de destruir a la inteligencia artificial, evitando así que se saliera del
control humano. Salvador, había fallado.
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